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Por superbrinca, 29 Abril 2019

El TTP y el desarrollo en Chile: ¿más “jurel tipo salmón”?

Por Andrés Blake
Director I+D+i Brinca

Han pasado más de 30 años y ¿en qué estamos con el esperado desarrollo? De jaguares de Latinoamérica a “jurel tipo salmón”, con el debido respeto hacia los jureles. Llevamos casi 15 años, la mitad de ese período, discutiendo lo mismo: reformas tributarias, laborales y educativas, apertura comercial; todas ellas con el objetivo de hacer de nuestro querido Chile un país con menos desigualdad, un país desarrollado. Pero lo que tenemos hoy es un país entrampado en el corto plazo y con poca claridad estratégica para el futuro.

Hace nueve años escuché una charla del empresario Felipe Cubillos, a propósito de su labor en “Desafío Levantemos Chile”, como consecuencia del terremoto que afectó al país en 2010, y nos mostraba una realidad ineludible en ese momento: estábamos lejos del desarrollo y de la meta de un Chile desarrollado para el 2018. Cubillos no la veía posible… y no lo fue.

Ahora, un nuevo tratado de comercio se discute con la misma lógica de los 90, en un mundo donde no existen fronteras comerciales, porque internet y la conectividad todo lo permite; donde la transformación digital es el concepto de moda y donde los actuales y futuros tiempos que vienen, sin duda, no tienen nada que ver con los 90, década en que nacieron los millennials, estos nuevos consumidores y profesionales que hoy exigen una nueva forma de hacer las cosas.

¿Qué podemos esperar de este nuevo tratado? ¿Cuánto ha cambiado Chile su matriz productiva en todos estos años? ¿Qué de nuevo le podemos ofrecer al mundo? Me quedan serias dudas de que la lista no sea mucho más larga que la de hace 30 años, considerando la lógica principal de seguir extrayendo recursos naturales sin valor agregado. Tal vez, cambiaron algunos productos de nuestra canasta, pero claramente no hemos modificado sustancialmente nuestra oferta de valor.

Un ejemplo de lo anterior es lo que ha ocurrido desde 2012, cuando se publicó una actualización de la Ley de Incentivo Tributario para I+D, creada en 2008, y que permite la rebaja de impuestos a las empresas por gastos en Investigación y Desarrollo. Luego del boom inicial de los tres primeros años, que no fue más que el reflejo de lo que ya se hacía, la tasa de inversión en I+D, en relación al PIB, sigue siendo la más baja de los países OCDE (0,34%). Sumada a una absoluta ignorancia de parte de las empresas de lo que este beneficio trae. Más del 45% de las empresas desconoce su existencia y cómo opera.

Parece paradójico que mientras los diferentes grupos de interés tratan de “intervenir” en los análisis sobre cómo debiera ser la reforma tributaria -eterna discusión, cada vez menos comprensible-, los mismos “perjudicados” por todos estos cambios no se interesen en cómo este beneficio tributario puede aumentar su competitividad por partida doble: menos carga tributaria y nueva propuesta de productos y servicios al mundo, a través de la I+D y la innovación.

Así como vamos, la oferta seguirá siendo un “jurel tipo salmón”, con un proyecto de país que cada cuatro años busca aplicar retroexcavadora a lo realizado por sus antecesores, sin mediar mayor análisis de largo plazo. Es poco alentador ver que la proyección de crecimiento de Chile, para la próxima década, según informe de Consensus Forecast, sean tasas más cercanas al 3% que al 4%.  Lejos de los años dorados, entre 1986 y 1997, que bordeaban el 7%. ¿Cuándo perdió Chile el rumbo? Cada cual puede tener su explicación, de un color u otro. Da igual, las cifras son elocuentes.

Estos tratados ya no representan mejoras sustantivas en el desarrollo de Chile para el mundo del siglo 21, como sí lo fueron los que llevaron al país a una economía más abierta y próspera entre finales de los 80 y principios de los 90. Por un lado, el mundo cambió y mucho; por otro, se perdió la convicción de mirar el largo plazo para alcanzar el desarrollo y se optó por soluciones cortoplacistas, que lo único que han conseguido es bajar puntos de PIB, y de pasada, votos. En dos gobiernos de Michelle Bachelet, y uno y medio de Piñera, vamos a sumar 14 años, pero ¿dónde estamos? Mientras el primero optó por la innovación, el segundo optó por el emprendimiento, en lugar de fijar una estrategia común de largo plazo, con reglas claras. El resultado de esto es que nos quedamos mirando de lejos el ansiado desarrollo como una quimera inalcanzable.

Nos enfrentamos a un mundo que se transforma digitalmente y en Chile estamos pegados en el mundo análogo, tratando de parecer digitales. Un “jurel tipo salmón” que no tiene buen sabor. Si no generamos condiciones para crear valor agregado en nuestra oferta país, da igual firmar estos tratados. No moverán “la aguja” hacia el desarrollo. En este sentido, comparto la visión de Andrés Meirovich hace unos días, que publicaba en su columna titulada “Vámonos al carajo un rato”, sobre el lanzamiento del fondo de inversión Softbank. Chile fue relegado, en lugar de Sao Paulo y Miami. Oportunidad desperdiciada para hacer de Chile un centro financiero regional. “El problema en Chile no es la macroeconomía, es la desidia que tenemos para hacer las cosas distintas”, remarca Meirovich. Concuerdo. Seguimos viviendo el día, la encuesta y haciendo más de lo mismo. La macroeconomía es el resultado de lo que hacemos o no queremos hacer. Y esto último es lo que nos lleva a tasas de crecimiento mediocres del 3%, y de paso, hipotecamos nuestro potencial y ansiado desarrollo perdiendo terreno con otros países de la región.

Veremos qué nos aporta este nuevo tratado y esperemos que sea una forma de ponerle presión al Estado y a las empresas a apurar el paso en temas de investigación, desarrollo e innovación, porque para competir en el mundo estamos obligados a desarrollar nuevas capacidades.

Lee la columna publicada en América Economía Aquí

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