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Por superbrinca, 04 Abril 2019

Transformación Digital- Ni Los Picapiedras Ni Los Supersónicos

Por Alberto Chaigneau
Director Comercial Brinca

Los Picapiedras, serie de dibujos animados para la TV acerca de la vida diaria de una familia en la prehistoria, fue un tremendo éxito con años de transmisión y re-transmisión en todo el planeta. Tanto fue su impacto que se creó una suerte de alter ego, los Supersónicos, que también trataba sobre la vida diaria de una familia pero esta vez en un futuro ultra-moderno y automatizado. Las dos retrataban cómica, pero muy profundamente, las ansiedades del “mundo moderno” y de la vida en familia de la clase media norteamericana.

Las nuevas tecnologías nos han llevado a un cambio social tan profundo que no sólo presenta niveles de incertidumbre pocas veces vistos en los últimos siglos, sino que viene a cuestionar nuestro propio rol como protagonistas en un sistema que muta a velocidades casi alienantes. Ciertamente no estamos frente a una nueva revolución industrial, sino que nos encontramos frente a una verdadera revolución cultural, en la cual no existe aspecto del ser humano que no se vea afectado por la invasión del mundo digital.

Es en ese contexto en que el tema de la transformación digital, no sólo se presenta como el concepto de moda en el mundo corporativo y socio-académico, sino que es el tono con que se tiñen la mayoría de las búsquedas y mediciones de avance de las organizaciones y de sus liderazgos. Existe el horror de quedar fuera del futuro y verse transformado en un Picapiedra en un mundo Supersónico. El problema es que, muchas veces, es esa ansiedad la que no deja ver que el vestirse de Supersónico nunca será suficiente. La transformación digital tiene mucho más que ver con procesos profundamente humanos que con tecnología.

Blockchain, Big Data, Internet Of Things, Inteligencia Artificial, Robótica, Cyber Security y muchas otras herramientas digitales y tecnológicas nos prometen eficiencia, velocidad y capacidades productivas impensadas. Pero si bien todo ese andamiaje es necesario para enfrentar en lo procedimental los nuevos desafíos, es un error pensar siquiera que es cercano a ser suficiente en lo sustantivo. En la transformación digital las herramientas si bien son incidentes,  no aseguran, ni por si acaso, el éxito de su implementación si estas no van asociadas a cambios, avances y evolución en el mapa mental de las organizaciones.

No nos mintamos ni un segundo más, la tecnología sí cambió al mundo y de eso no hay duda. Se crearon nuevas formas de medir, evaluar y conceptualizar a las empresas y al mundo laboral. Hemos visto como cambiaron los valores eje de la vida corporativa y social. Los roles requeridos a las organizaciones hoy en día no son sólo la eficiencia, la productividad y el logro económico; les exigimos alma, sinceridad, coherencia, creatividad, conciencia social y ambiental, y una serie de rasgos que apuntan a una humanización de todos sus procesos y de su propia identidad. Y curiosamente esta exigencia de humanización responde a como el acceso a la tecnología ha modificado la voz y el volumen de los usuarios, clientes y colaboradores. Y es en ese aspecto en el que la transformación digital se presenta como una oportunidad, ya no sólo de actualizar a las organizaciones, sino que además de mejorarlas y de acercarlas a su versión más humanizada, eficiente y efectiva.

Desde ese punto de vista, el creer que la transformación digital es la digitalización de procesos, implementación de herramientas tecnológicas, la aplicación de estrategias de marketing digital o cualquier artilugio asociado a tecnologías es un error de proporciones, por buenas o útiles que sean las herramientas usadas.

De nada sirve actualizar tecnológicamente las empresas sino revisamos, detalladamente y desde una estrategia digital, el que es lo que buscan o hacia donde apuntan ser en el futuro, el como poder, desde donde están hoy, llegar a ese futuro, y que es lo que necesitan y como organizar los factores para obtenerlo. Y en esa revisión hay que tener presente que la cultura de la empresa, la forma de pensarse, de reaccionar, de proyectarse tiene que estar acorde con los requerimientos actuales y futuros de la sociedad y del mercado. Y que en ese proceso de actualizar el alma, el factor más blando pero más central de las empresas, el capital humano, los colaboradores y los clientes son esenciales en la composición y gestión de los parámetros culturales.

Es imposible pensar que un proceso de  transformación digital que no va acompañado de una cultura corporativa que sea, o a lo menos intente ser, colaborativa, flexible, ágil, transparente, diversa, creativa e innovadora; logre efectivamente actualizar las potencialidades latentes en una organización, y entre en el flujo de la mejora continua digital. Una transformación digital exitosa, exige una estrategia  digital clara, repensar el modelo de negocio, generar una actualización de la cultura de la empresa y desde ahí conceptualizar un plan de implementación.

La transformación digital como proceso no tiene una meta final, ni un plan de viaje trazado. Más que un camino a recorrer, es un río sin fin a navegar en el que vamos descubriendo el horizonte cada día sin nunca alcanzarlo. Las tecnologías siempre van a avanzar, y cada vez más rápido, con menos avisos y los equipos que sepan cabalgar este continuo son los que sobrevivirán y podrán aprovechar esa fuerza y empuje. Pero necesitamos que ese equipo esté culturalmente preparado y pueda abrazar al cambio como la variable constante de toda la vida futura de las organizaciones y las personas.

Lo esencial entre los Picapiedras y los Supersónicos, no es que fueran antagónicos, o dos caras de una misma moneda; sino que nunca pudieron resolver los problemas de forma distinta, ya sea en el futuro más futurista o en la más cavernícola de las prehistorias. Culturalmente eran lo mismo, pensaban en la misma caja. Y la transformación digital, como pasaje al futuro organizacional, simplemente no se da ese lujo.

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